Por: Leticia del Pilar Campos Olivares, Académica Depto de Ingeniería de Minas Universidad de Atacama.- Hoy, 11 de abril, la Escuela de Minas de Copiapó cumple 169 años. Decirlo parece simple, pero no lo es. Hablar de esta institución es expresar una parte esencial de la historia de Atacama, de la minería chilena y de un modelo educativo desarrollado en uno de los territorios más desafiantes, pero también más ricos en recursos minerales del país.
Su fundación, en 1857, fue posible gracias a la riqueza de la plata de la región y al impulso visionario de la Junta de Minería de Copiapó. Desde entonces, la Escuela de Minas no solo abrió un camino: lo trazó antes que muchos otros. Fue la primera en Chile y en Sudamérica, nacida en el corazón del Desierto de Atacama, donde la enseñanza minera no podía ser abstracta, porque el territorio mismo ofrecía un laboratorio natural incomparable para formar desde la práctica.
Aquí se ha aprendido en el cerro, desde la historia y la experiencia humana de la minería. Por eso, su legado trasciende con creces el aula. La Escuela de Minas no solo ha formado generaciones, también ha construido identidad. Difícilmente existe hoy una faena minera en Chile que no cuente con uno de nuestros ex alumnos, quienes llevan consigo el orgullo de pertenecer a esta Alma Mater.
Lo digo con emoción y orgullo: fui alumna y hoy profesora. He visto cómo cada generación llega con diferentes rostros, preguntas y nuevos sueños, pero hay algo que no cambia: el profundo sentido de pertenencia que despierta esta escuela.
Ese sentido de pertenencia se expresa de muchas maneras, pero pocas tan simbólicas como la tradición de pintar la insignia enclavada en el cerro Candelero, visible desde la entrada a la ciudad con sus característicos martillos mineros. Recuerdo que, en una conversación con un alto ejecutivo brasileño de una empresa minera internacional, me comentó que, al llegar por primera vez a Copiapó, lo primero que vio fueron esos martillos en el cerro. Aquella imagen lo emocionó profundamente. Cuando le conté que son los propios estudiantes quienes, año a año, suben a pintarla, manteniendo viva esta práctica y su vínculo con la historia, su admiración fue aún mayor. Esta actividad no es solo una costumbre, es una declaración: que seguimos aquí y que esta historia continúa.
Hoy comenzamos a prepararnos para el aniversario 170 de este centro educativo. Y ese hito debe encontrarnos plenamente conscientes de lo que somos: “Una institución forjada en la riqueza argentífera y consolidada como corazón formador de generaciones.
La Escuela de Minas de Copiapó es, hoy más que nunca, memoria viva, orgullo, identidad y proyección de futuro para Atacama”.


